Hay momentos que desdibujan las líneas de la pasión clubística y exponen el puro magnetismo de un jugador. Ocurrió este domingo en el Nuevo Gasómetro, cuando la lógica del clásico se quebró por unos segundos. Tras la victoria 2-0 de Boca Juniors sobre San Lorenzo, mientras el equipo de Arruabarrena se fundía en abrazos en el centro del campo, una figura solitaria corrió desde las sombras de la tribuna. No era un xeneize descontrolado. Era un adolescente con el buzo del Ciclón, que esquivó la mirada de la seguridad y fue directo hacia Leandro Paredes.
El abrazo que paralizó el Gasómetro
El volante y capitán de Boca, lejos de rechazarlo o esquivarlo, abrió los brazos. El hincha de San Lorenzo se aferró a él en un abrazo cargado de una admiración que parecía más fuerte que los colores de su camiseta. La seguridad intervino rápidamente para separarlos y llevarse al intruso, pero la imagen ya estaba grabada a fuego: Paredes, campeón del mundo y bicampeón de América, convertido en un ídolo que trasciende las fronteras de la rivalidad más acérrima.
Un líder que brilla en la lluvia y en el barro
El gesto espontáneo coronó una noche en la que Paredes había sido, una vez más, el director de orquesta. En un partido complicado por la lluvia y los charcos, su prestancia no decayó. Con tacos de lujo, pases filtrados y una calma envidiable, fue el faro de un Boca que controló el trámite desde el inicio. «Hicimos un partido perfecto, lo que habíamos preparado, jugando con intensidad», analizó el propio Paredes al final del encuentro, destacando el «click mental» del equipo y la «chispa» aportada por el cuerpo técnico de Arruabarrena.
Para el volante, más allá de la relevancia de ganar un clásico, lo verdaderamente valioso fue la manera. «Los clásicos se ganan, sí. Pero hacerlo jugando de esta manera es mejor», sentenció. Una filosofía que parece haber calado hondo en un plantel que busca consolidar su identidad. La escena del abrazo improvisado, lejos de ser una anécdota aislada, parece ser el reflejo de una credibilidad ganada a pulso, dentro y fuera de la cancha.
El episodio no terminó ahí. Minutos después, cuando Paredes se retiraba hacia el vestuario, otro joven con la camiseta de San Lorenzo se acercó a saludarlo. Dos gestos consecutivos que pintaron de humanidad una rivalidad histórica. En el fútbol moderno, donde la distancia entre astros y hinchas parece insalvable, Paredes demostró que un simple abrazo puede ser la jugada más memorable de la noche.
Fuente: LDT – Deportes – ole




