En el corazón de un clásico tenso y definido por los detalles, una acción al filo del descanso quedó resonando como un punto de inflexión no marcado en el acta. Facundo Herrera, ya amonestado, conectó su bota derecha con el pie de Rodrigo Auzmendi en un intento desesperado por anticiparse. La falta fue clara, el dolor del delantero de San Lorenzo, genuino. Sin embargo, la figura que más se lesionó en esa jugada fue la de Nazareno Arasa, el árbitro central cuya omisión le perdonó la vida a Boca y le negó una chance crucial al Ciclón.
El ojo fino que falló y el VAR que no puede hablar
Arasa estaba a pocos metros, pero quizás la visión fue entorpecida o simplemente su criterio en ese milisegundo falló. Lo cierto es que el pisotón, evidente en las repeticiones televisivas, pasó desapercibido para el hombre del silbato. Aquí entra en juego una limitación crucial del sistema de árbitro asistente de video: el VAR, operado en esa noche por Hernán Mastrángelo, no tiene potestad para convocar al juez de campo para revisar una posible segunda amarilla, incluso cuando esta derive en una expulsión. La regla dejó el destino del partido en manos de una interpretación en tiempo real que, esta vez, fue errónea.
La jugada maestra en el banco: la precaución de Arruabarrena
Más allá del fallo arbitral, la lectura de Rodolfo Arruabarrena fue impecable y demostró el pulso de un técnico que conoce la fragilidad de su defensa. Consciente de que Herrera caminaba por la cornisa y de que cualquier roce posterior podía significar la roja, el DT xeneize no esperó al segundo tiempo. En el entretiempo, con el marcador aún 0-0, decidió el cambio preventivo: Marco Pellegrino ingresó por un Jagger que dejó la cancha con un suspiro de alivio. Fue una movida táctica que, además de proteger al jugador, buscó preservar la paridad numérica en un partido que aún estaba por definirse.
La omisión de Arasa y la subsiguiente sustitución no solo evitaron que Boca jugara con uno menos durante gran parte del partido, sino que también privaron a San Lorenzo de un tiro libre peligroso y, sobre todo, de una superioridad numérica que hubiera cambiado por completo la dinámica del complemento. Los goles de Lozano y Merentiel, que llegaron con las formaciones completas, podrían haber tenido un guion distinto de haber existido una expulsión. El fallo, por tanto, no fue solo un incidente aislado; fue una sombra que se proyectó sobre el resultado final y reavivó el eterno debate sobre la consistencia arbitral y los límites de la tecnología en el fútbol argentino.
Fuente: LDT – Deportes – ole




