En el mundo vertiginoso del fútbol profesional, donde los focos apuntan siempre al presente y al futuro, un gesto hacia el pasado puede resonar con una fuerza especial. Eso sucedió esta semana en el Camp de River Plate, donde Lucas Silva, el volante central de 19 años que ya vistió la camiseta millonaria en Primera División, decidió dar un paso al costado de su rutina para honrar sus raíces. Después de ser suplente en el amistoso ante Vélez, en lugar de retirarse, caminó hacia el rumor de gritos que venía de las canchas auxiliares, hacia el territorio que lo vio crecer.
El reencuentro en la cancha de los sueños
Allí, las divisiones Cuarta, Quinta y Sexta del club estaban disputando sus encuentros frente a Defensa y Justicia. Silva se sumó como un espectador más, reviviendo viejas sensaciones. Pero su mirada buscaba algo más. Entre los integrantes del fútbol formativo que observaban el partido, encontró a la persona que quería ver: Sergio Spataro, un hombre con más de 50 años en el mundo del fútbol y actual encargado en la Liga Metropolitana de River, parte fundamental de la estructura que hoy lidera Gabriel Rodríguez.
El encuentro fue emotivo. Un abrazo sincero selló años de historia compartida. Pero Silva fue más allá: en un acto de pura gratitud, le regaló una de sus propias camisetas de River. No era cualquier prenda; era el símbolo de un sueño cumplido, que ambos ayudaron a construir. «Venía a River a jugar dos partidos por mes porque no podíamos irnos a Buenos Aires», recordó una vez Lucas sobre sus comienzos, marcados por el esfuerzo familiar y la dedicación.
De La Dulce a Núñez: el camino de un 5 con alma de Enzo
Nacido en febrero de 2007 en el pueblo de La Dulce, cerca de Necochea, Silva llegó a River en 2016, con edad de Infantiles. Aunque comenzó jugando como delantero en su club de origen, una prueba en la costa atlántica jugando como volante central (#5) le cambió el destino. Con el apoyo inquebrantable de su madre Noelia, quien lo acompañó a Buenos Aires, y de su padre Ignacio y su hermano Fabián desde la distancia, pudo estudiar en el Instituto River y progresar.
Su momento llegó con la confianza de Eduardo Coudet, quien desde su llegada le dio espacio a los juveniles. Debutó en abril de 2026, fue incluido en la lista de la Copa Sudamericana y hasta anotó un gol inolvidable ante Blooming. Autodefinido como un jugador «muy simple», creció observando e imitando a Enzo Pérez, buscando esa elegancia para manejar los tiempos y distribuir el juego. Hoy, desde su lugar en el círculo central, es un ejemplo de que el talento, cuando se mezcla con humildad y memoria, trasciende la cancha.
Fuente: LDT – Deportes – ole

