El fútbol, ese deporte que mueve pasiones en cada rincón de Lomas de Tafí y Tafí Viejo, demostró una vez más que no escapa a los tentáculos de la política. Lo que venía siendo un Mundial 2026 apasionante en Estados Unidos, con goles que nos hacían gritar a todos frente al televisor, de repente se tiñó de polémica. Donald Trump, el ex-presidente de Estados Unidos, volvió a ser protagonista, pero esta vez no en un acto político, sino interfiriendo en el juego mismo y dejando una sombra de sospecha sobre la autonomía de la FIFA y su presidente, Gianni Infantino, quien, no es un secreto para nadie, reside en Miami.
La controversia estalló el domingo 5 de julio, cuando Trump hizo pública su intervención. Según sus propias palabras, agradeció a la FIFA por permitir que Folarin Balogun jugara a pesar de haber sido expulsado. Describió la jugada como una simple fricción y hasta sembró dudas sobre la decisión del árbitro brasileño Claus. Más aún, reveló que llamó personalmente a Gianni Infantino para “pedirle que revisaran la jugada”, un llamado que, para muchos hinchas en nuestros barrios, no puede ser interpretado sino como una presión descomunal. Como él mismo compartió en su cuenta de X (anteriormente Twitter), @atrupar, dio detalles sobre su participación en la polémica decisión de la FIFA. ¿Casualidad o causalidad? La pregunta es inevitable cuando se trata de figuras de tal magnitud.
Es cierto que la política siempre estuvo ligada al fútbol. Lo vemos constantemente: presidentes que bajan al vestuario para hablar con los planteles, como hizo el mandatario de Egipto este martes 7 de julio; figuras reales como la reina Máxima alentando a Países Bajos, o Emmanuel Macron buscando levantar el ánimo de sus jugadores después de Qatar 2022. Incluso Santiago Peña, el presidente de Paraguay, prácticamente “beatificó” a Gustavo Alfaro. Pero lo de Trump, al presionar directamente para modificar una sanción deportiva, trascendió cualquier límite. La independencia de las comisiones de la FIFA, esa que Infantino defiende, se puso en entredicho frente al peso específico del hombre que fue clave para que el Mundial de 48 equipos se desarrollara en su tierra.
Y la verdad es que a la FIFA le explotó una bomba en las manos. La UEFA, respaldando a su “cliente” Bélgica, y el rechazo generalizado del mundo del fútbol y de los hinchas es la prueba más clara. Porque no hay nada peor que cambiar las reglas o inventar interpretaciones sobre la marcha, atentando contra la credibilidad y el fair play. Se acomodó un marco legal, sí, pero esto es, como mínimo, una anomalía que genera un enorme malestar. Nos indigna a nosotros, los que vivimos y respiramos fútbol en Lomas de Tafí, ver cómo decisiones tan cruciales pueden ser influenciadas por el poder. Y así como el año pasado Central fue declarado campeón sin que estuviera previsto —más allá de haber sido el equipo que más puntos sumó— y los hinchas estallaron, el mundo del fútbol sintió una enorme injusticia con este “indulto” tan excepcional. ¿Todo pasa, como dice la canción? No, ¡esto no puede pasar! Es una mancha en un Mundial que venía siendo espectacular y que debería ser sinónimo de pasión, no de política sucia.
Fuente: Olé Deportes


