En un movimiento sin precedentes que redefine la relación entre innovación tecnológica y responsabilidad social, los gigantes de la inteligencia artificial están canalizando una porción monumental de sus astronómicas valuaciones hacia iniciativas filantrópicas. Este giro estratégico busca, según sus propios fundamentos, amortiguar los efectos disruptivos que la misma tecnología que los enriquece proyecta sobre el mercado laboral y la estabilidad social. La escala de los compromisos anunciados en los últimos días por Anthropic, OpenAI y el propio Elon Musk eclipsa cualquier esfuerzo filantrópico anterior de la era moderna.
Compromisos billonarios y una nueva filantropía
El domingo 19 de octubre, Anthropic, creadora del chatbot Claude, anunció la creación de un fondo destinado al bien público que recibirá el 5% de la compañía. Según proyecciones analíticas, si la firma alcanza una valuación de 2 billones de dólares en su salida a bolsa, este fondo podría contar con 100.000 millones de dólares. Paralelamente, sus siete fundadores se comprometieron a donar el 80% de sus futuras fortunas. Un día después, Elon Musk anunció en la red social X que entregará una acción de SpaceX a «cada chico de Estados Unidos» el próximo año, una donación que, según la cotización actual, superaría los 11.000 millones de dólares.
Si se suman estos recursos a los de la Fundación OpenAI, que posee aproximadamente una cuarta parte de la empresa creadora de ChatGPT, el capital filantrópico movilizado por el sector podría acercarse a los 300.000 millones de dólares. Esta cifra supera en más del triple el patrimonio de la influyente Fundación Gates, estableciendo a las empresas de IA como potenciales actores de un poder filantrópico sin parangón, capaz de influir en políticas globales de salud, clima y economía de manera profunda.
Mitigar la disrupción que ellas mismas generan
El objetivo declarado de estos fondos es abordar directamente las consecuencias negativas que la inteligencia artificial podría tener, según sus propias proyecciones. Tanto la Fundación OpenAI como el nuevo fondo de Anthropic han identificado el impacto de la IA en el empleo y la economía como una de sus principales áreas de trabajo. OpenAI ya destinó 250 millones de dólares a estudiar estos efectos, mientras que Anthropic había reservado previamente 200 millones para investigaciones similares, prometiendo ahora «enfoques más ambiciosos».
Esta filantropía correctiva, sin embargo, no está exenta de críticas. Para Arvind Narayanan, profesor de Princeton, existe «una gran desconexión» entre la visión de los líderes de la industria y la de las personas comunes. «No creo que automatizar y compensar vaya a ser el camino a seguir», afirmó, señalando que encuestas muestran que los estadounidenses valoran tener un trabajo real, no vivir de subsidios. Por otro lado, algunos críticos ven estos compromisos como una campaña de marketing para ganar aceptación pública para una tecnología que genera amplio rechazo, como lo evidenció una reciente encuesta donde la mayoría cree que la IA destruirá empleos y perjudicará a la sociedad.
Los límites del dinero y el rol del Estado
Expertos en gobernanza advierten sobre las limitaciones intrínsecas de este modelo. Sam Manning, del centro de estudios GovAI, sostuvo que «la principal herramienta que debe ponerse en marcha para que todo esto salga bien en Estados Unidos es la política pública, tanto a nivel federal como estatal. Y eso no es algo que pueda resolverse simplemente con dinero filantrópico». Manning, quien trabajó como contratista de OpenAI, agregó que las donaciones no pueden resolver efectos como la pérdida de identidad que sufren trabajadores cuyas carreras son alteradas por las máquinas.
Brian Galle, profesor de Derecho en Berkeley, ve un potencial histórico si los recursos se concentran en objetivos específicos, citando el ejemplo de la Fundación Ford en los años 60, que contribuyó a evitar hambrunas masivas. «Esto les da a los financiadores la oportunidad de alcanzar una escala extraordinaria en un problema que ellos elijan», afirmó. Sin embargo, Gene Sperling, economista del gobierno de Biden, advirtió sobre el riesgo de que estas donaciones masivas sirvan para «comprar el apoyo del público» y debilitar los intentos de regular la industria. El mundo observa ahora cómo estas colosales fortunas tecnológicas intentarán, desde la filantropía, moldear el futuro que ellas mismas están acelerando.
Fuente: LDT G – tucumandespierta



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